El emperador en el Danubio Marco Aurelio

El emperador en el Danubio

Marco Aurelio

Hombre de paz y apasionado filósofo, Marco Aurelio debió pasar gran parte de su mandato combatiendo contra los pueblos bárbaros que amenazaban la frontera del Imperio en el río Danubio

Al final de la jornada, en la soledad del pretorio, en Carnunto o Sirmio, el emperador Marco Aurelio encontraba siempre un momento para sentarse delante del papiro y verter sus pensamientos. Dirigía entonces una guerra interminable, lejos del suave clima y el delicioso paisaje de Italia. Él no era un militar, pues se sentía más bien llamado a los quehaceres del espíritu, pero todas las mañanas, antes del alba, debía vestir la pesada coraza. Las lecciones de los clásicos aprendidas en su juventud venían en su socorro. En aquella ocasión citó de memoria un pasaje de la Apología de Sócrates, la obra en la que Platón relata las últimas horas de su maestro antes de que se cumpliese su condena a muerte: «Pues así es en verdad, atenienses: en el puesto en el que uno se coloca porque considera que es el mejor, o el que ha sido colocado por un superior, allí debe, según mi parecer, permanecer y arrostrar los peligros sin tener en cuenta ni la muerte ni ninguna otra cosa excepto el deshonor». También él, Marco Aurelio, debía beber aquella cicuta. ¡Deber o deshonor! A veces necesitaba recobrar el ánimo para enfrentarse a su dura e ingrata tarea: gobernar y defender el Imperio de Roma.

Corría la década de 170 y Marco Aurelio había superado los cincuenta años. Lejos quedaban sus felices años de juventud, cuando su viva inteligencia y la modestia de su carácter llamaron la atención de su pariente, el emperador Adriano, que hizo que su hijo adoptivo, Antonino Pío, adoptara a su vez al joven Marco. Cuando murió Adriano y subió al trono Antonino Pío, Marco Aurelio estaba cerca de culminar su formación superior y mostraba una marcada inclinación por la filosofía. Por ello, y dado que su largo reinado discurrió en casi completa paz, Antonino Pío creyó que aquel joven destinado al imperio no necesitaría formación militar. Y así, frente a la tradición guerrera de la aristocracia romana, Marco Aurelio fue privado de cualquier experiencia bélica. Quedó en Roma asumiendo magistraturas impropias de su edad y aprendiendo los entresijos del debate político y del derecho.

Los sucesores de Antonino

En el año 161, Antonino Pío murió dejando como sucesores a dos príncipes que, por primera vez en la historia de Roma, iban a compartir el mando supremo. Marco Aurelio, al que se reconocía la primacía tanto por edad como por virtud, y Lucio Vero, más joven, pero más carismático y popular, estaban dispuestos a prolongar los tiempos de felicidad. Pero la ilusión duró poco. Vologases, el rey de Partia, creyó que aquel era un buen momento para expulsar a los romanos de Armenia e invadir la provincia romana de Siria. Habría que remontarse a otros tiempos lejanos de la historia de Roma para recordar una crisis semejante. Pero ahora ninguno de los dos emperadores sabía cómo dirigir una guerra.

De mutuo acuerdo, ambos soberanos decidieron que Lucio, más joven, fuerte y con mejor salud, partiría para Oriente. Sin embargo, su labor como general en jefe fue decepcionante, según reconocen de forma unánime todos los testimonios antiguos. Más interesado en los entretenimientos festivos y en las bellas cortesanas que en la guerra, Lucio abandonó el mando efectivo de su ejército y lo confió a generales expertos. Entre ellos destacó Avidio Casio, bajo cuya dirección las tropas romanas no sólo recuperaron el territorio perdido, sino que penetraron hasta el corazón del reino parto, tomando e incendiando su capital, Ctesifonte. La victoria romana fue total, y en el año 166 un exultante Lucio Vero hizo una entrada triunfal en Roma.

Sin embargo, con él y su ejército llegó a Italia una terrible peste, contra la que los escasos recursos médicos se mostraban ineficaces. El propio Vero fue víctima de la epidemia y con él murieron miles de personas, tanto en la capital como por toda Italia. Los campos quedaban despoblados y los que intentaron huir sólo contribuyeron a expandir la infección. La enfermedad se propagaba por Occidente, poniendo en peligro las cosechas, los impuestos, las ciudades y el reclutamiento militar. Además, la consiguiente extensión de la pobreza provocó el auge del bandolerismo. Se necesitarían generaciones para recuperar la salud y la prosperidad perdidas.

El debilitamiento de Roma no pasó desapercibido, sobre todo en la frontera del Danubio, donde se estaba produciendo un profundo cambio en el equilibrio entre el Imperio y los pueblos bárbaros que vivían al otro lado de la frontera. A inicios del siglo II d.C., Roma había conseguido estabilizar aquella enorme región. En el Rin, la potencia militar romana y los atractivos de su civilización habían conseguido que caucos, marcomanos y catos vivieran en paz con Roma, y mantuvieran además provechosas relaciones comerciales y culturales, mientras que en el Danubio la conquista de Dacia por Trajano –territorio correspondiente a la actual Rumanía– había creado un poderoso baluarte que permitía el control de los pueblos vecinos del norte. Pero los romanos creían que la obra no estaba acabada, pues faltaba dominar la llanura húngara, un territorio regado por el río Tisza que incluía las mejores tierras de cultivo de toda la región y que estaba en manos de un pueblo sármata, los yácigos.

Grietas en la frontera

No fue Roma, sin embargo, quien tomó la iniciativa de la guerra. Por esos años, en el lejano Báltico había comenzado un movimiento de pueblos que transformaría la situación de la frontera del Imperio. Las tribus del norte, desconocidas todavía para Roma, empujaron a sus vecinos del sur forzándolos a atravesar el limes romano. Por primera vez desde hacía siglos llegaron a Roma noticias de bárbaros que atravesaban el Danubio con sus familias para instalarse en territorios romanos. Había comenzado la gran migración bárbara, la que siglos más tarde acabaría provocando la ruina del Imperio.

Comprendiendo que se enfrentaban a una auténtica invasión, Marco Aurelio y sus generales decidieron que la mejor respuesta sería una ofensiva militar. Así, en el año 169 el emperador organizó una campaña para conquistar y anexionar la llanura húngara, en la que él mismo llevaría la dirección suprema de las operaciones. Atento siempre al cumplimiento de su deber, en otoño de aquel año abandonó Roma rumbo al norte. La comitiva imperial llegó a Sirmio (la actual Sremska Mitrovica, en Serbia), a orillas del Sava, río tributario del Danubio.

La campaña del año 170 fue un desastre. Mientras los romanos invadían el territorio de los yácigos, éstos atravesaron el Danubio por otros puntos y se dirigieron a Italia. Aquilea fue sitiada y asaltada, y el pánico cundió en toda Italia ante la presencia de los bárbaros. Entonces se hizo patente la debilidad demográfica del Imperio, pues, con los campos y ciudades desiertos, no era posible reclutar más hombres. El emperador y sus generales, desorientados, cometieron el error de dejar desguarnecido el curso inferior del Danubio, al oriente de Dacia, circunstancia que aprovechó otro pueblo, los costobocos, para atravesar Mesia y Tracia e invadir Grecia. Llegaron hasta Atenas, donde asaltaron el santuario de Eleusis, corazón mismo de la religión griega. La noticia de la profanación del santuario de la diosa Deméter corrió por todo el Imperio. Quienes se creían seguros descubrieron ahora que eran vulnerables, y muchas ciudades escribieron al emperador pidiendo permiso para levantar o restaurar sus olvidadas murallas.

Bárbaros en el Imperio

Ante la gravedad de la crisis a la que se enfrentaba, el emperador decidió cambiar de táctica. De las zonas de frontera llegaban noticias de que entre los bárbaros muertos se encontraban también mujeres y niños, un síntoma claro de que, más que una invasión, se trataba de un movimiento migratorio en busca de tierras donde instalarse. Y eso mismo, tierras, fue lo que Marco decidió ofrecerles. Esta medida ha hecho que se haya responsabilizado al emperador de haber comenzado la barbarización del Imperio, pero debemos entender sus motivos. Al fin y al cabo, el Imperio sufría de despoblación, que podía verse compensada con la llegada de nuevas masas de pobladores, y además el emperador necesitaba romper la coalición de los distintos pueblos bárbaros para poder concentrar sus fuerzas sobre los auténticos enemigos, los yácigos y los marcomanos. Fue justamente para poder dirigir la guerra contra éstos por lo que Marco Aurelio trasladó el cuartel general a Carnunto, más al norte. Desde allí partieron las incursiones más allá del Danubio que habrían de conducir a la anexión de aquellos territorios. Los progresos de los invasores se conseguían con exasperante lentitud, pero los fuertes romanos empezaban a poblar el país marcomano. En el año 175, la creación de la provincia romana de Marcomania se veía más cerca.

Pero entonces hubo que parar todas las operaciones militares, cuando se sublevó en Oriente Avidio Casio, el antiguo héroe de la guerra en Siria, provincia de la que ahora era gobernador. El emperador tuvo que firmar paces improvisadas en el Danubio y partir urgentemente hacia Siria. La represión de la revuelta fue sencilla, pero tuvo un efecto demoledor en la frontera del Danubio, donde la guerra volvió a estallar en 177, obligando al emperador a regresar. Desde el origen la lucha fue mal para los romanos, como revela el que desaparecieran de las monedas los títulos de Germánico y Sarmático que Marco Aurelio acostumbraba a exhibir como signo de sus victorias. Además, el emperador enfermó, y, creyendo que era la peste, apenas permitía que se le visitase en su campamento de Vindobona. Sabedor de que el fatal desenlace estaba cerca, decidió acelerarlo dejando de comer y beber. Murió al séptimo día de ese ayuno autoimpuesto. Antes había hecho venir, desde Roma, a su hijo Cómodo, apenas un adolescente, para que se hiciera cargo de la herencia, aunque no se hacía ilusiones sobre sus aptitudes políticas. Y, en efecto, Cómodo se apresuró a firmar una paz vergonzante y volvió a Roma, cambiando la guerra en la frontera por el anfiteatro. La edad de oro de los Antoninos había terminado; empezaba ahora, en palabras del historiador Dión Casio, una nueva era de «hierro y óxido».

Maximalismo y minimalismo: La biblia versus Arqueología

Apasionante ,Maximalismo y minimalismo: las etiquetas de dos opiniones sobre la relación entre la evidencia escrita y la arqueología, que a veces son contradictorios. Las expresiones se usan cuando se habla sobre el pasado del antiguo Israel, pero los debates similares se conocen a partir romana, griega, y la arqueología iraní.

Las etiquetas “maximalismo” y “minimalismo” fueron acuñados en el debate acerca de la fiabilidad histórica de la Biblia. Durante más de un siglo, los arqueólogos han estado excavando en el Cercano Oriente, e inevitablemente, encontraron contradicciones entre el registro arqueológico y la historia narrada en la Biblia. Esto no es único ni problemático. Información sobre la Antigüedad es siempre fragmentaria, y los estudiosos de la antigua Roma, Grecia, Israel, Egipto, Persia, Babilonia o menudo tienen que hacer frente a la evidencia contradictoria. Por ejemplo, Julio César afirma haber sometido los belgas, pero hasta ahora no ha sido confirmado arqueológicamente. A pesar de la evidencia contradictoria puede ser frustrante, es preferible tener una sola fuente: en ese caso, no podemos establecer si es correcto o no; si la evidencia es inconsistente, al menos podemos evaluar su calidad.

Cuando se trata de la historia de los Judios, no es, después del sexto o quinto siglo BCE, ninguna contradicción real entre la principal fuente escrita (la Biblia) y el registro arqueológico. Nadie niega que los Judios regresaron de su cautiverio en Babilonia: arqueólogos han identificado los nuevos pueblos, aunque no está del todo claro cuando el rendimiento se llevó a cabo exactamente. Se mueve hacia atrás, los aumentos de discrepancia: en la era de los dos reinos (Judá e Israel), el relato bíblico es a veces en desacuerdo con los resultados de la arqueología, y si nos fijamos en los acontecimientos antes, por ejemplo, el rey David, la naturaleza fragmentaria de nuestra evidencia es aún más sorprendente.

“Minimalismo” y “maximalismo” son dos principios para hacer frente a esta situación. maximalistas estudiosos suponen que la historia bíblica es más o menos correcto, a menos que los arqueólogos demuestran que no lo es; minimalistas suponen que la historia bíblica debe ser leído como la ficción, a menos que pueda ser confirmado arqueológicamente. “Minimalismo” y “maximalismo”, por lo tanto, los métodos, enfoques o conceptos teóricos.

Es fácil de reconocer minimalistas y maximalistas. Si el método del autor no puede inmediatamente se deduce de las pruebas que presenta, las hipótesis auxiliares por lo general ofrecen una pista. Cuando la evidencia arqueológica contradice la Biblia, el maximalista escribirá algo así como “ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia”; el minimalista hará hincapié en que la Biblia debe ser leída como literatura.

Tomemos, por ejemplo, las paredes de Jericho: hasta el momento, no hay restos han sido excavados de un muro que se ha derrumbado en la edad de bronce, lo que contradice el relato bíblico de la toma de la ciudad de Joshua. Un maximalista argumentará que estos muros de pie en la cima de la colina y deben haber erosionado; su colega minimalista podría decir que la historia debe leerse como una descripción de una primera oferta de frutas – la primera ciudad capturada por los hebreos era para Dios. Hay algo que decir para ambos enfoques, aunque en este ejemplo, el argumento de la erosión es probablemente incorrecta.

El debate entre minimalistas y maximalistas no siempre es agradable, pero no es en realidad sólo una cuestión importante: la existencia del reino unido de David y Salomón. Los minimalistas hacen hincapié en que este estado nunca puede haber sido la organización centralizada que leemos en 2 Samuel y 1 Reyes, debido a que la evidencia arqueológica necesaria para probar la existencia de una organización estatal no se encuentra. No hay documentos administrativos, y algo parecido a una arquitectura de estado no aparece en el registro arqueológico hasta el siglo IX, cuando los establos casi idénticos y seis chambered-puertas fueron construidos en varios lugares.

En este caso, la conclusión parece ser inevitable que el reino de la dinastía Omrid (884-842) fue el primer estado centralizado. Esto es confirmado por los marfiles de Samaría, que demuestran que su capital, Samaria, tenía acceso a las rutas comerciales interregionales, algo que Jerusalén del siglo X no tenía. David y Salomón parecen haber sido los gobernantes en un tipo diferente, más primitivo de la sociedad, probablemente de carácter tribal. Maximalistas en realidad no han sido capaces de explicar esta distancia; Hasta el momento, los objetos que tenemos que hablar de una organización estatal, no se han descubierto, demasiadas historias revelan orígenes orales, y ha habido demasiadas excavaciones para continuar diciendo que la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia.

Esto no es único. El reino de los medos, que se menciona en varias fuentes como el precursor del Imperio Aqueménida, ha desaparecido también. Esto no es negar la existencia de los medos – sitios como Tepe Nush-e Ene con seguridad se puede atribuir a ellos – pero la evidencia de que vivían en un estado bien organizado, con una administración central, según lo descrito por Herodoto de Halicarnaso, está ausente : no hay archivos, no hay nada que pueda ser etiquetado como “arquitectura de estado”. El contraste con los aqueménidas es sorprendente: su arquitectura ha sido identificado en ciudades como Babilonia, Sardes, Van, y Dascylium; los archivos se han encontrado en todas partes de Egipto a Afganistán; pruebas para el control del estado de las rutas comerciales se conoce desde ciudades tan distantes como Taxila y Samaria.

Por desgracia, el minimalismo y maximalismo no siempre se comprenden con claridad. El debate no se limita a la arqueología de Israel: como se indicó anteriormente, hay debates similares en otras disciplinas. Iranologists una vez que aceptaron la existencia de un estado mediana, pero la tendencia es ahora de leer la historia de Heródoto como una visión griega en el Imperio Aqueménida proyectada en una etapa anterior. No es común entre Iranologists de usar expresiones como “minimalismo” y “maximalismo”, pero el debate es idéntico.

También hay que destacar que un minimalista no es – como se dice a menudo – un escéptico ateo que niega la existencia de una organización política dirigida por David o Salomón. De hecho, es un académico que piensa que la prueba normal para un Estado central no se encuentra. Tampoco es la persona maximalista que ingenuamente cree que todo lo escrito en la Biblia: él no es un litteralist pero un erudito que, ante la falta de costumbre de la información, decide hacer el mejor de los datos escritos que tiene, la Biblia. Maximalismo y el minimalismo son conceptos teóricos que tienen poco que ver con la religión – muchos minimalistas son creyentes, y hay muchos autores maximalistas que no se dejan llevar por las creencias religiosas (por ejemplo, pseudoarchaeologists como Graham Hancock y Erich von Däniken).

Esclavos de Esparta

Esclavos de Esparta

 

Los ciudadanos de Esparta podían consagrar su vida entera a la guerra porque sus esclavos, los ilotas, a los que trataban cruelmente, los liberaban de cualquier preocupación material

Dentro de la sociedad esclavista de la antigua Grecia, Esparta ocupa un lugar especial tanto por su peculiar sistema como por la crueldad del trato que daba a sus esclavos. Por eso Critias, un político ateniense del siglo V a.C., dijo que en ningún otro lugar «los libres eran más libres ni los esclavos más esclavos». Para explicarlo hay que remontarse al siglo X a.C., cuando los griegos de estirpe doria invadieron el Peloponeso y ocuparon las fértiles tierras del valle del Eurotas –la región de Laconia– y esclavizaron en masa a sus habitantes. Los dorios les arrebataron sus tierras y les obligaron a seguir trabajándolas para ellos. Estos esclavos recibieron el nombre de ilotas, palabra de origen incierto que los autores antiguos relacionaban con la raíz del verbo «capturar», lo que se aviene bien con la condición de estas gentes como cautivos de guerra.

Más tarde, en el siglo VIII a.C., los espartanos, tal vez empujados por la superpoblación, se lanzaron a la conquista de la vecina región de Mesenia. Tras una guerra larga y sangrienta se hicieron con su control y sometieron a sus habitantes a la esclavitud. Los mesenios esclavizados se convirtieron en ilotas; más tarde, en el siglo V a.C., el gran historiador ateniense Tucídides diría que «la mayor parte de los ilotas la constituyen los descendientes de los antiguos mesenios reducidos a la esclavitud».

Como los otros ilotas, los mesenios siguieron cultivando sus tierras y pagaban un fuerte tributo a sus nuevos amos. Según el poeta espartano Tirteo: «Como burros agotados con grandes pesos, llevaron a sus dueños, bajo la forzada desventura, la mitad de los frutos que produce la tierra». La peculiar forma de vida de los ciudadanos de Esparta, consagrados a la milicia, sólo fue posible por esa masa de esclavos que trabajaba las tierras para su sustento. A la vez, este gran número de esclavos debía ser controlado con gran celo para evitar revueltas. Así se creó aquella Esparta que los autores antiguos comparan con un campamento siempre en armas.

Una vida de sumisión

Los ilotas pertenecían al Estado y no podían ser vendidos fuera de Esparta ni liberados por los particulares. Llevaban la cabeza afeitada (lo que contrastaba poderosamente con las largas melenas que lucían los espartanos adultos), vestían una tosca prenda de cuero y se cubrían con un gorro de piel de perro (kynê), que era su elemento más distintivo. Si se desprendían de esta indumentaria eran castigados con la muerte, y sus dueños, multados. Sin duda, poder distinguir fácilmente a los ilotas por la apariencia exterior favorecía su control.

Los ilotas vivían sobre todo en los campos, donde formaban comunidades y podían hacer vida familiar. Estaban ligados a un lote de tierra que tenían que cultivar para ofrecer una parte de la cosecha anual a su amo; el resto de la producción quedaba en manos del ilota. El amo estaba obligado a prestar los esclavos de su lote a otros conciudadanos que los necesitaran, del mismo modo que los caballos o los perros. Algunos ilotas, sobre todo mujeres, se empleaban en el servicio doméstico y personal. El concubinato con hombres espartanos debió de ser frecuente, ya que existía una categoría social llamada móthakes, es decir, «bastardos».

Soldados de segunda

Los ilotas también seguían a sus amos en las campañas militares, en principio portando las pesadas armas y el bagaje. Sabemos que cada hoplita espartano estaba acompañado de un ilota para su exclusivo servicio; pero bien pronto se les permitió combatir como tropas armadas a la ligera. Su papel se incrementó con el tiempo, cuando el número de espartanos de pura cepa comenzó a declinar; así, sabemos que el general espartano Brásidas se llevó consigo a setecientos ilotas para luchar contra los atenienses en el norte del Egeo en plena guerra del Peloponeso. Y a principios del siglo IV a.C. participaron tres mil ilotas en la campaña del rey Agesilao contra los persas.

Esta política de incorporar los ilotas al ejército era una forma de alejar del país a grandes grupos de esclavos que podían resultar peligrosos si estallaba una revuelta. Por ese motivo se les destinaba a escenarios de guerra muy alejados de Esparta, como el norte del Egeo, Asia Menor y Sicilia. Los ilotas que demostraban su buena disposición podían conseguir la ansiada libertad, como pasó con los que acompañaron a Brásidas. En otra ocasión se ofreció la libertad a los ilotas que se atrevieran a pasar comida a los soldados espartanos rodeados por los atenienses en la isla de Esfacteria, en el año 425 a.C.

La creciente importancia militar de los ilotas llevó, a finales del siglo V a.C., a la creación de una categoría social conocida como neodamodeis, «nuevos miembros del demos» (el pueblo), formada por ilotas liberados y entrenados como hoplitas, que se emplearon como tropas de choque en diversas campañas entre los años 421 y 371 a.C.; a pesar de su nombre no gozaban de plenitud de derechos como los viejos ciudadanos.

Una cruel represión

Es imposible conocer la exacta proporción de ciudadanos y esclavos en la antigua Esparta, pero podemos estar seguros de que el número de ilotas crecía mientras el número de ciudadanos declinaba constantemente debido a las continuas guerras y una estricta política de ciudadanía, que incluía el abandono de los niños nacidos con defectos físicos.

Ante esa situación, el Estado tuvo que tomar medidas a fin de controlar a los ilotas. Para empezar, los éforos (los cinco magistrados que ostentaban el poder supremo), al tomar posesión de su cargo a principios de año, declaraban oficialmente la guerra a los ilotas para que no fuese delito matarlos; pues en el pensamiento de la Grecia clásica cualquier crimen injustificado originaba una mancha religiosa que recaía sobre toda la ciudad. Pero el principal instrumento de represión fue la cripteia. Este término se relaciona con el verbo «ocultar», lo que se explica por la principal exigencia de esta prueba: permanecer sin ser visto en los campos y montes de Laconia. Plutarco la describe con cierto detalle: «Cada cierto tiempo, los magistrados enviaban por diversas partes a los jóvenes que eran más juiciosos sólo con un puñal y el alimento imprescindible; de día se ocultaban, pero de noche bajaban a los caminos y degollaban a los ilotas que cogían. Muchas veces, llegando hasta los campos, mataban a los más fuertes y mejores».

Al principio, la cripteia fue una prueba de hombría y de endurecimiento para la vida militar que debía superar la juventud espartana, pero pronto se convirtió en una forma de infundir terror y reducir el peligro de las rebeliones de los ilotas. Estas rondas por los campos permitían controlar mejor a los esclavos, abortar desde el principio una resistencia organizada e impedir el bandidaje.

Rebeliones y liberación

Según cuenta el historiador Jenofonte –que puso su espada al servicio de Esparta–, los ilotas se pasaban la vida acechando los infortunios de sus amos, mirándolos con el deseo de «comérselos crudos». El miedo a las revueltas de sus ilotas condicionaba de forma absoluta la forma de vida y la política de Esparta, ya que sus ciudadanos, temerosos de que los ilotas se rebelaran en su ausencia, tuvieron que renunciar a largas campañas militares en lugares lejanos, y limitaron su influencia política y militar a la zona del Peloponeso.

La mayor rebelión tuvo lugar en 464 a.C., cuando un terremoto asoló Esparta. Se creyó que fue un castigo de Poseidón porque los espartanos habían matado a unos ilotas que buscaron refugio en su templo del cabo Ténaro. Fue tal la violencia del seísmo que murieron 20.000 ciudadanos y sólo quedaron en pie cinco casas. Los supervivientes estaban recogiendo de entre las ruinas sus enseres y objetos valiosos cuando el prudente rey Arquidamo II mandó dar la señal de combate y todos los hombres acudieron armados a su presencia. Esto fue la salvación de Esparta, porque los ilotas llegaban desde todos los campos a la ciudad dispuestos a acabar con los espartanos que hubieran sobrevivido; al encontrarlos en orden de batalla, se retiraron. Pero los ilotas mesenios aprovecharon el desastre y se alzaron en armas. Muchos se hicieron fuertes en el monte Itome, una fortaleza natural en el centro de Mesenia, donde resistieron diez años hasta llegar a un acuerdo con los espartanos, que les permitieron salir del país con sus mujeres e hijos.

La liberación definitiva de los ilotas llegaría mucho después, en 371 a.C., cuando las tropas de Tebas, al mando de Epaminondas, infligieron una durísima derrota a los espartanos en la batalla de Leuctra. Tras su triunfo, los tebanos invadieron Esparta y los ilotas mesenios aprovecharon su presencia para rebelarse de nuevo. El victorioso Epaminondas les entregó su antigua patria ya liberada y refundó para ellos la ciudad de Mesene, en la falda del monte Itome.

Sin embargo, el comportamiento de los ilotas de Laconia fue distinto. Muchos aceptaron el ofrecimiento de alistarse en el ejército espartano para combatir a los invasores (1.000, según Diodoro; 6.000, según Jenofonte). La sumisión de estos esclavos llegaba a tal punto que, cuando algunos ilotas fueron capturados por los tebanos, se les animó a que cantaran canciones y poemas que sus amos les tenían prohibidos, pero se negaron rotundamente a hacerlo.

Durante la decadencia de Esparta los ilotas tuvieron más posibilidades de alcanzar la libertad. Sabemos que entre los años 223 y 222 a.C., seis mil ilotas pudieron pagar las cinco minas áticas que exigió por su liberación el rey espartano Cleomenes III; este dinero procedía de los excedentes de las cosechas que, según las leyes antiguas, los ilotas podían conservar. Y Nabis, que reinó entre 207 y 192 a.C., concedió la libertad y la ciudadanía a un buen número de ilotas para aumentar su ejército. Cuando poco después llegó la dominación romana, este peculiar sistema esclavista, donde una clase servil ligada a la tierra trabajaba para sostener a una clase privilegiada dedicada a las armas, terminó por desaparecer.

Vercingétorix se rinde ante Julio César

Vercingétorix se rinde ante Julio César

Vercingétorix

Vercingétorix

Corría el mes de octubre de 52 a.C., hace 2.065 años, cuando el líder galo tuvo que deponer las armas y la Galia se convirtió definitivamente en una provincia romana

En octubre del año 52 a.C., hace 2.065 años, el galo Vercingétorix, jefe de la tribu de los arvernos, se rindió, después de varios meses de sitio, ante las poderosas tropas romanas dirigidas por Julio César, con lo que la Galia perdió su independencia y se convirtió definitivamente en una provincia romana. La batalla de Alesia se desarrolló en septiembre de 52 a.C. y fue el último episodio de la dilatada guerra de las Galias, que enfrentó a las tribus galas y a los romanos desde 58 a.C. y que fue ampliamente descrita por Julio César en su obra Comentarios a la guerra de las Galias. La conquista de estos territorios, situados sobre todo en la actual Francia, permitió a Roma asegurar la frontera natural del río Rin y supuso un enorme éxito militar y político para Julio César, quien tres años después cruzó el Rubicón, desencadenando la guerra civil entre los años 49 y 45 a.C.

Vercingétorix logró llamar a la rebelión a la mayor parte de los pueblos de la Galia con el objetivo de enfrentarse a Julio César y expulsarle de sus territorios. El líder arverno adoptó la táctica de la tierra quemada para evitar el avituallamiento del enemigo, que avanzó hasta la Galia central a través de unos Alpes cubiertos de nieve. Las tribus galas rechazaron a las legiones romanas en la ciudad de Gergovia, capital de los arvernos, pero posteriormente se encerraron en la fortaleza de Alesia, donde ejercieron una defensa desesperada. Julio César reagrupó sus tropas en torno a la fortaleza y ordenó la construcción de dos líneas de fortificaciones alrededor de la ciudad. Vercingétorix recurrió a un ejército de socorro que atacó el punto más débil de las fortificaciones romanas, pero los galos finalmente fueron masacrados y su líder tuvo que deponer las armas. Fue trasladado a Roma, donde permaneció cautivo durante seis años en el Tullianum o cárcel Mamertina hasta que fue ejecutado. Siglos después se convirtió en uno de los héroes míticos del pueblo francés.

Existe cierta controversia sobre la localización exacta de la fortaleza u oppidum de Alesia, en el Macizo Central de Francia. Tradicionalmente se ha relacionado con Alise-Sainte-Reine, una localidad situada en la Borgoña que no alcanza el millar de habitantes, aunque en segundo lugar se ha propuesto Chaux-des-Crotenay, en el Franco Condado.

Una excursionista halla una moneda romana de oro al norte de Israel

Una excursionista halla una moneda romana de oro al norte de Israel

La moneda formaba parte de una serie de monedas nostálgicas que fueron acuñadas por Trajano en recuerdo de los emperadores que le precedieron

Recientemente, un niño de siete años de edad encontró una figurilla de 3.400 años de antigüedad al noreste de Israel y, en esta ocasión, ha sido una excursionista quien ha descubierto una moneda de oro “extremadamente inusual”, de casi 2.000 años de antigüedad, al este de Galilea, una región histórica situada al norte de Israel. Laurie Rimon se fue de excursión al campo con unos amigos y de repente distinguió un objeto rutilante en el suelo. Al recogerlo vio que era una antigua moneda de oro, explica la Autoridad de Antigüedades de Israel (IAA) en un comunicado que ha difundido hoy mismo. El grupo de excursionistas se puso en contacto con la IAA, que le entregará a Rimon un certificado de gratitud por su buena conducta.

Laurie Rimon se fue de excursión con sus amigos y se encontró un objeto rutilante en el suelo

En el anverso de la moneda aparece la efigie de César Augusto (63 a.C.-14 d.C.), el primer emperador del Imperio romano, y en el reverso los estandartes de las legiones romanas. En el anverso aparece la leyenda “Divus Augustus” y en el reverso el nombre de Trajano (53-117 d.C.), quien nació en Itálica, muy cerca de la actual Sevilla. La moneda data del año 107 y formaba parte de una serie de monedas nostálgicas que fueron acuñadas por Trajano en recuerdo de los emperadores que le precedieron. El Museo Británico de Londres posee una exactamente igual. “Mientras que las monedas de bronce y plata del emperador Trajano son frecuentes en el país, esta moneda de oro es extremadamente inusual“, afirma Donald T. Ariel, conservador jefe del departamento numismático de la Autoridad de Antigüedades de Israel.

Calígula, el césar al que todo estaba permitido

Calígula, el césar al que todo estaba permitido

Sus acciones despóticas y sanguinarias, exageradas tal vez por los historiadores de la Antigüedad, han dado lugar a múltiples interpretaciones, incluida la de que era un psicópata. Embriagado por su poder, Calígula se situó siempre por encima de las leyes

Un siglo después de su muerte, cuando los historiadores romanos volvían su mirada sobre el breve reinado de Calígula (37-41 d.C.), no veían más que extravagancias, megalomanía y un sinnúmero de crímenes. El paso del tiempo no había hecho más que ensombrecer el recuerdo de aquel emperador de la dinastía Julio-Claudia, que a los 25 años había sucedido a su tío abuelo Tiberio y que murió desastradamente en un pasillo de palacio, apuñalado por los oficiales del ejército sublevados contra su tiranía. Para Suetonio y Dión Casio, Calígula fue, en efecto, un déspota; más que eso, un «monstruo» del que tan sólo cabía enumerar adulterios, confiscaciones y actos de crueldad.

Sin duda no era ésta una imagen imparcial, sino que respondía a una intencionalidad política y moral precisa: la de advertir sobre los riesgos del poder personal y la necesidad de respetar la integridad de la nobleza y el Senado de Roma, los que más sufrieron la persecución de Calígula. Con este fin, los autores posteriores mezclaron los hechos ciertos con rumores, exageraciones y elementos puramente fabulosos, lo que hoy hace difícil tener una visión objetiva del personaje y las circunstancias en que se movió. Además, en su execración de Calígula los autores antiguos introdujeron una hipótesis explicativa que ha pervivido hasta la actualidad: la de la «locura» del emperador. Ya el filósofo Séneca veía señales de desequilibrio mental en el mismo aspecto físico del emperador, en sus «ojos torvos y emboscados bajo una arrugada frente…». Sólo así podrían explicarse los desmanes de aquel joven que, por lo demás, como reconocen hasta los cronistas más hostiles, poseía notables dotes intelectuales.

Torturado por el insomnio

No hay duda de que Calígula sufrió varias afecciones que pudieron afectar a su equilibrio psíquico. Suetonio menciona que durante su infancia sufrió ataques de epilepsia, pero al parecer éstos desaparecieron en la edad adulta, aunque consta que a veces tenía desfalle-
cimientos de los que le costaba recobrarse. Se sabe asimismo que sufría insomnio. Según Suetonio, nunca conseguía dormir más de tres horas, e incluso en ese tiempo lo asaltaban extrañas pesadillas. El mismo historiador afirma que el emperador se levantaba de la cama, se sentaba a la mesa o se paseaba por las galerías del palacio, «esperando e invocando la luz». Ésa pudo ser una de las causas de la irascibilidad y crueldad del emperador, aunque otros autores, como Séneca, dan la explicación inversa: las noches en vela le servían para mantenerse alerta, vigilar y planear actos criminales.

Los autores antiguos también coinciden en señalar que a los pocos meses de acceder al trono, en el otoño del año 37 d.C., Calígula sufrió una grave enfermedad. No está clara la naturaleza de esta afección: se ha sugerido que pudo tratarse de una crisis nerviosa, de una encefalitis –una inflamación del cerebro causada por algún tipo de infección–, de hipertiroidismo o de la ya mencionada epilepsia. Filón de Alejandría, en cambio,

da una explicación de tipo moral: la causa de la crisis habría sido el cambio en los hábitos de vida de Calígula al ser proclamado emperador, pasando de una existencia tranquila y saludable a toda clase de excesos, «vicios propios para destruir el alma, el cuerpo y su mutua cohesión», sentenciaba. Otra hipótesis apuntaría a alguna enfermedad venérea, que puede provocar problemas mentales o al menos desórdenes de conducta.

«Todo me está permitido»

Los estudiosos actuales han desistido de encontrar una causa física determinada para la supuesta locura de Calígula, y ni siquiera creen que ésta se hubiera originado en un momento preciso. Régis F. Martin, un médico especializado en el estudio de las enfermedades romanas antiguas, piensa que la personalidad perturbada del emperador se corresponde con el perfil de un psicópata. Técnicamente, la psicopatía es un trastorno antisocial de la personalidad. En términos de psicología clínica, un psicópata tipo sería una persona con un encanto superficial, autoestima exagerada, mentiroso patológico, carente de remordimientos o empatía, emocionalmente superficial, sin control sobre la propia conducta, de sexualidad promiscua, problemático desde la
niñez, impulsivo, irresponsable y proclive a una conducta criminal, así como con un historial de muchos matrimonios de corta duración. Hay que admitir que estos rasgos se ajustan muy bien al retrato que Suetonio y otros autores hacen de Calígula.

Un pasaje de la biografía de Suetonio ofrece una clave para interpretar la conducta de Calígula mediante las categorías de los propios romanos. El emperador habría dicho en una ocasión: «No hay nada en mi naturaleza que exalte o apruebe más que mi adriatepsia», un término griego que podría traducirse como desfachatez, falta de pudor o de vergüenza, pero también como indiferencia respecto a las consecuencias de sus actos sobre los demás. En el mismo pasaje Suetonio recuerda una ocasión en la que Calígula fue reprendido por su abuela Antonia y, en vez de inclinarse ante su autoridad, le espetó: «Recuerda que todo me está permitido, y con todas las personas». El orgullo desmedido de quien se sabe destinado a reinar se dio la mano con una total falta de escrúpulos morales para producir el «monstruo» del que hablaba Suetonio.

Palacios y puentes de barcas

La adriatepsia de la que hacía gala Calígula se tradujo de entrada en el fastuoso tren de vida que llevó. En apenas un año, Calígula dilapidó la fortuna de tres mil millones de sestercios heredada de Tiberio. Según Dión Casio, «empezó a gastar en caballos, gladiadores y en otras cosas semejantes sin ningún freno, y vació en poquísimo tiempo el dinero atesorado, que era mucho». De sus banquetes se contaban asombrosas historias sobre panes y manjares cubiertos con láminas de oro o sobre perlas costosísimas disueltas en vinagre (se le atribuía, pues, la célebre anécdota del festín ofrecido por Cleopatra a Marco Antonio). Con ello, además, forzaba la emulación por parte de los nobles que querían agasajarle invitándole a sus comidas; Séneca cuenta que uno de ellos gastó en una velada la exorbitante suma de diez millones de sestercios.

No menos afamadas eran las residencias personales que se hizo construir, tanto en Roma –su nueva mansión en el Palatino tenía como vestíbulo el templo de Cástor y Pólux– como en sus lugares preferidos de retiro: Nemi –donde hizo construir sus dos célebres navíos gigantes, auténticos palacios flotantes– y la Campania. En la bahía de Bayas, cerca de Nápoles, ordenó construir un puente de barcos para jactarse de cruzar el golfo en su carro portando la coraza de Alejandro Magno, que mandó traer desde Alejandría para la ocasión.

Su vida amorosa también estuvo marcada por la falta de reglas. En sus cuatro años de reinado tuvo cuatro esposas: tras divorciarse de Junia Claudila, estuvo dos meses casado con Livia Orestila, luego contrajo nupcias con la riquísima Lolia Paulina –a la que prohibió tener relaciones con otros hombres tras divorciarse de ella– y finalmente se casó con Milonia Cesonia, un mes antes de que diera a luz a su hija. Sus amantes fueron incontables y de todas las clases sociales, y sus métodos para procurárselas eran brutales. A Livia Orestila, por ejemplo, la violó en su propia ceremonia de esponsales y se casó con ella para repudiarla al cabo de unos días.

Sin duda, hay una porción de infundio póstumo en estas acusaciones, como también en la de haber cometido incesto con sus hermanas, especialmente con Julia Drusila, su preferida. De hecho, frente a lo que dicen Suetonio y Dión, los contemporáneos Séneca y Filón nada mencionan al respecto, pese a que en otros aspectos cargaron las tintas contra el emperador.

A Calígula también se le atribuyen diversas relaciones homosexuales, por ejemplo con el actor Mnéster o con Emilio Lépido, su primo carnal y esposo de su hermana Julia Drusila. Antes de ser ejecutado, Lépido gritó que había tenido relaciones sexuales con el emperador y que tenía el vientre dolorido de la pasión que en ellas había puesto.

Rey de las estratagemas

Nada parece confirmar mejor la psicopatía que se ha atribuido a Calígula que sus actos de crueldad, a menudo puramente gratuita. El propio emperador se regodeaba en su fama de sádico, hasta el punto de que se decía que estaba totalmente seguro de ser el padre de la hija de su última esposa por los reflejos de crueldad infantil de la niña, que intentaba meter el dedo en el ojo a cuantos se le acercaban. Aunque sin duda también aquí resulta difícil discriminar entre los hechos ciertos y las reelaboraciones o invenciones pergeñadas para denigrar la memoria del emperador.

Un ejemplo del modo en que Calígula podía ensañarse con aquellos que perdían su favor por los motivos más fútiles lo ofrece el caso de Nevio Sutorio Macrón. Prefecto del pretorio bajo Tiberio y aliado clave de Calígula en su acceso al poder, Macrón cometió el error de querer mantener su ascendiente sobre el nuevo césar, dispensándole consejos y advertencias no solicitados. Calígula se hastió de aquella actitud, y según el historiador Filón decía al ver aproximarse a su antiguo amigo: «Ahí llega el maestro de quien ya no necesita lección alguna… ¿Cómo se atreve alguien a enseñarme a mí, que antes aun de ser engendrado fui modelado emperador, cómo se atreve un ignorante a enseñar a quien sabe?». Para deshacerse de él, Calígula ideó una estratagema característica. Tras ofrecerle un cargo en  Egipto, hizo que lo acusaran de lenocinio, esto es, de inducir a su esposa a prostituirse, algo de lo que el propio Calígula podía dar fe porque había sido amante de Enia, la mujer de
Macrón. Para transmitir los bienes a sus descendientes, el matrimonio se suicidó.

Suetonio destacaba todavía otro rasgo de la personalidad obsesiva de Calígula: su violencia verbal. «La ferocidad de sus palabras hacía todavía más odiosa la crueldad de sus acciones», decía el cronista. Al final, sin embargo, esa costumbre le costó cara. El tribuno de una de las cohortes pretorianas, Casio Querea, era un hombre ya mayor y de complexión robusta, pero que tenía una voz atiplada, debido quizás a una herida en los genitales. Calígula se burlaba despiadadamente de su afeminamiento, llamándolo Príapo o Venus o dándole la mano para que la besara con actitud y movimientos obscenos, según Suetonio. Harto de aquellas ofensas, Querea se puso al frente de la conspiración que en enero del año 41 dio muerte
a Calígula, a su mujer y a su hija.

 

La civilización etrusca era autóctona

La civilización etrusca era autóctona

Etruscos

Etruscos

Según el genetista italiano Guido Barbujani, que ha dirigido un estudio que secunda la tesis de Dionisio de Halicarnaso

La civilización etrusca se desarrolló en Etruria, en el centro de Italia, entre los siglos VIII y I a.C. Este pueblo de orígenes misteriosos ha sido ensalzado por su avanzada cultura política y militar, por su destreza en el arte de la navegación, por sus óptimas tecnologías metalúrgicas, por su perfección en el cultivo de las letras, las ciencias de la naturaleza y la teología, y por su esmerado trabajo agrícola que les proporcionaba abundante riqueza. También fueron amantes del lujo y de los grandes banquetes, además de un pueblo intensamente religioso. Los etruscos creían, como los egipcios, que tras la muerte, el alma del difunto emprendía un viaje al Más Allá, al reino de los muertos. Entre los siglos III y I a.C., los etruscos, bajo el dominio de los romanos, fueron vistos por éstos y por los griegos como un pueblo decadente. La lengua etrusca desapareció, pero una parte de la población no se extinguió tan rápidamente. «No se había resuelto la cuestión sobre si los etruscos desaparecieron en los siglos sucesivos o si parte de su ADN había llegado hasta nosotros», explica a Historia National Geographic Guido Barbujani, genetista del Departamento de Biología y Evolución de la Universidad de Ferrara (Italia), que ha coordinado un estudio sobre el origen y la evolución de los etruscos a través de su ADN mitocondrial, publicado en la revista científica Plos One. «Los arqueólogos no pueden aclarar esta cuestión; nosotros lo hemos intentado», añade.

Durante más de 2.000 años ha habido un desacuerdo sobre el origen biológico de los etruscos, que se establecieron en el territorio que había ocupado anteriormente la cultura vilanoviana. ¿Procedían de Anatolia, como afirmó el historiador griego Heródoto, o eran descendientes de los vilanovianos, como sostenía Dionisio de Halicarnaso? Es decir, ¿eran inmigrantes o autóctonos? La idea que ha perseguido el estudio de Barbujani es la siguiente: en primer lugar extraer ADN válido de huesos pertenecientes a antiguos etruscos y compararlo con el ADN de individuos actuales que residen en la misma área geográfica. «Hemos obtenido el ADN de unos 40 individuos de las necrópolis de Adria, Volterra, Tarquinia, Magliano, Marsiliana, Casenovole y Capua. Hemos descartado las muestras de Adria y de Capua, porque eran colonias etruscas al norte y al sur, respectivamente, de la Etruria clásica», precisa Guido Barbujani. «Hemos comparado el ADN que se ha conservado de los antiguos etruscos con aquel perteneciente a habitantes de cuatro localidades toscanas: tres de ellas ricas en restos etruscos y la cuarta, Florencia, como representante de la población general», añade. Los investigadores han encontrado en Volterra, y sobre todo en el valle del Casentino, una alta probabilidad de que los habitantes actuales desciendan, al menos en parte, de antepasados etruscos. «La herencia biológica de los etruscos continúa presente, no en toda la Toscana, pero sí en algunas localidades», afirma Barbujani.

 

Informacion recopilada de National Geographic